Desafiando a la gravedad homofóbica

octubre 31, 2009

Una historia más

Filed under: Uncategorized — unabollocualquiera @ 5:26 pm
Vivimos en tiempos peligrosos, como siempre hemos vivido, sólo que ahora podemos contarlo. Mi historia empieza en febrero. De repente, uno de mis jefes se vuelve loco y empieza a gritarme, a insultarme, a amenazarme, por no ponerle en copia de un email. La reacción es tan exagerada que dudo en serio de su salud mental. Al día siguiente, vuelve avergonzado: que cómo me pasé ayer, que fui demasiado duro contigo, es que… ¿sabes? una vez tuve un problema importante con un homosexual y desde entonces no puedo ver a los maricones. Me sonríe, “¿amigos?”. Aunque pienso que es un hijo de puta, no puedo hacer nada más que sonreír, es una posición táctica cómoda, de nada serviría proseguir el enfrentamiento. Controlar la presión se llama, eso que aprendemos casi todos los gays de pequeñitos.
A los dos meses, este jefe se va y viene otro. Estoy contento, por fin me voy a quitar de encima a ese homófobo de mierda. En la primera reunión con el personal, el nuevo Jefe cuenta un chiste de mariquitas. Empezamos bien, pienso. Luego despacho con él. Me pregunta por mi familia. Le cuento que estoy casado con un chico, de repente su cara cambia y me suelta: “A mí no me importa con quien te vayas a la cama”. Sigo impasible, los dos solos en el despacho. Me cuenta entonces… otro chiste de mariquitas, que acaba con un “basta de mariconadas”. Yo ya no le escucho, la violencia verbal en el aire es enorme. Poco puedo hacer sin embargo, aunque me sé superior a él tanto intelectual como humanamente. Debo mantenerme entero. Estoy atrapado en una trampa social.
Desde entonces y hasta ahora, aprovecha cada vez que estamos solos para sus chistes: “¿Y esta buena la nueva stagiare?, bueno, claro, a ti te gustan otras cosas”, “Y con quién te vas de vacaciones, con tu compañero, tu marido o lo que sea eso?”. Me quejo de sus comentarios y se escandaliza: “Yo no soy homófobo, como puedes pensar eso, yo sólo soy espontáneo”. Nuestro hombre ha sido un destacado político responsable de los derechos de la mujer y de los homosexuales en una administración (no, no es Ana Botella). Harto de aguantar la presión, me obsesiono con el tema como una víctima más de mobbing laboral, pienso continuamente en sus comentarios, me deprimo, pienso en escribir una carta al mundo y tirarme por la ventana. Les cuento el tema a mis amigos y amigas de la oficina, pero la mayoría lo minimizan: sólo son chistes, no te ha hecho nada. Tienen algo de razón, así que dudo si me estaré volviendo paranoico. Además no puedo denunciarlo porque no tengo pruebas, sólo me insulta cuando estamos solos, sabe bien lo que hace, es un especialista jurídico en acoso laboral. Una pesadilla.
Pero sobre todo no perder el control. Me busco otro puesto en la organización y encuentro otro mejor que el que tengo en dos meses. Le digo que me voy a ir en octubre: “Eres un maricón y lo digo como insulto”, me responde. Más claro, el agua. Siento ganas de contarlo a diestro y siniestro, pero debo ser prudente: me ha amenazado que si lo denuncio sin pruebas me va a poner una querella por difamación, además puede obstaculizar mi traslado. Descargo mi rabia en un blog privado, donde explico y disecciono a este insecto, y lo hablo con mis amigos. Poco más puedo hacer. No perder el control, ya que vivimos en tiempos peligrosos.
Enviado por: Francisco

julio 30, 2009

Cuando otros «no lo pueden soportar»

Filed under: Uncategorized — unabollocualquiera @ 11:06 am

Cuando tenía unos 20 años tuve que dejar de visitar a mi novia en el trabajo. Ni siquiera podía llamarla. Ella trabajaba sola con otra persona más, a quien llamaré su jefe aunque no sea el término más adecuado. Yo los visitaba muy a menudo e incluso llegamos a colaborar  juntos en algún proyecto (eran artistas y yo también). Cuando su jefe se enteró de que éramos pareja tuve que dejar de visitarles, incluso abandonar un curso que había comenzado en su estudio, porque él «no lo podía soportar». Se ve que el pobrecito era demasiado sensible. En aquel momento lo aguanté. Me pasé tres años sin ir por allí, ni siquiera a buscarla a la salida. Ni siquiera podía llamar, y por aquel entonces no teníamos móvil. Fue un época terrible en muchos sentidos porque, aunque intentábamos hacer como que no pasaba nada, yo estaba hecha polvo por dentro, tanto por el rechazo hacía mi persona que suponía aquello como por el hecho de que yo los quería a ambos y hasta aquel momento disfrutaba muchísimo el tiempo que pasaba con ellos en el estudio.  Ahora me arrepiento de haber soportado tanto, y además creo que ella nunca hubiera debido permitir que eso sucediera, al menos de esa manera. Estoy segura de que nos hizo daño a todos. Es otra de la caras de la homofobia.

Enviado por: Anónimo.

diciembre 2, 2008

«Eso»

Filed under: Uncategorized — unabollocualquiera @ 2:55 pm

No me acuerdo de qué edad tenía pero serían 16-17 años cuando le dije a una de mis amigas que me gustaban las mujeres. El resto de mis amigos lo sabían desde que yo tenia unos 15 años o así pero a ella nunca quise decírselo porque sabía que iba a ser un problema. Nos conocíamos desde los 6 años y siempre habíamos sido las mejores amigas del mundo aunque con unos cuantos altibajos. Yo, por entonces, no me consideraba lesbiana sino bisexual y lo pasé muy mal intentando saber si era lesbiana o bisexual pero vamos que aún tardé un par de años más en darme cuenta de que era lesbiana pero este no es el caso.
Finalmente un día se lo dije, no me acuerdo ni cuándo ni dónde ni nada pero de lo que sí que me acuerdo es de su respuesta. Me contestó: ¿pero tú crees que te puede gustar «eso»?
Claro que yo me quedé loca. Me esperaba cualquier tipo de respuesta pero ¿«eso»? ¿Qué significaba «eso»?
No recuerdo haberle contestado, vamos que mi memoria se queda ahí en la conversación. Eso sí, a partir de entonces las cosas no cambiaron, ella simplemente había olvidado lo que le había dicho. Su reacción fue negarlo. No quiso verlo nunca hasta que un día me preguntó si estaba enamorada de otra chica de mi grupo de amigas.

Enviado por:

UrFancyLady

http://urfancylady.wordpress.com/

noviembre 11, 2008

Ataques homófobos en el instituto

Filed under: Uncategorized — unabollocualquiera @ 8:56 am

A. estaba en mi clase en 2º. Teníamos todos 15 años e íbamos al instituto del barrio. Hablo de Almería en el año 1995, hace considerablemente poco tiempo. Un día, A. no vino a clase. Cuando pregunté, las miradas evasivas de mis compañeras fueron seguidas de un “no se encuentra bien”. Al cabo de una semana, A. volvió y nos contó que le habían dado una paliza debajo de su casa. Había estado ingresado unos días. Y todo porque era gay. A. nunca dijo que lo fuera, nunca intentó la osadía de mostrarse tal cual es, nunca intentó ligar con nadie, incluso se esperaba que dijera cosas de vez en cuando para enmascarar la verdad. Silencios que presionaban. Pero lo que más me infundió miedo fue la forma en la que negaba ser gay ante nosotras que nada teníamos contra él. Sus ojos decían “esto es lo que hay, lo soy pero tengo que negarlo”. Porque eso era lo que había. Yo, toda ingenua, pensé que sería una confusión, que si lo negaba sería porque no lo era. Porque yo después de comprender, después de saber qué me estaban arrebatando, si me están dando lo sigo diciendo, diciendo quién soy y qué pienso. Porque si mi padre, ahora que soy una persona adulta, me levanta la mano con sus 90kg, sigo mirándole a los ojos y hablando. No voy a darles la satisfacción de pensar que están oprimiendo a una persona que se rinde y se deja mangonear porque cree que no tiene razón. Están atacando a alguien que cree en su voz. Atacan a alguien que tiene el mismo derecho que los demás a su libertad, el espacio en común y a su vida.

Enviado por: anónimo.

noviembre 3, 2008

Homofobia de barrio

Filed under: Uncategorized — unabollocualquiera @ 7:15 pm

Esta mañana he vivido un episodio de homofobia rampante en primerísima persona.

Escenario: 9.15 de la mañana, en una cafetería de un barrio de Tarragona.

Personajes: cuatro compañeras que van a clase de baile flamenco. Tres de ellas rondan los 55-60 años, son señoras de clase media, bastante simpáticas y con mucha gracia. La cuarta es una chica lesbiana de 30 años que lleva más o menos un mes en la escuela, o sea, la que escribe.

Las tres mayores están tomando un café antes de entrar a clase. Yo llego y decido sentarme a tomar un café con las compañeras antes de entrar. En un momento de la conversación, hablando de otra persona, una de ellas dice: «Ese es el marido de mi médico». Yo apenas me inmuto, pero una de las otras tres empieza con la típica retahíla de que «qué lástima y qué desperdicio», y entonces comprendo que hablan de una pareja formada por dos hombres. Yo le pregunto tranquilamente que por qué le parece un desperdicio. Las tres hablan interrumpiéndose unas a otras, entre risas, repitiendo sobre todo la frase «es que eso está mu feo». Una dice algo así como que para preguntar al médico por su pareja no sabe qué decir, y la otra le responde con desparpajo que le pregunte «por su mujer». Se ríen a carcajadas y una añade: «Porque ese es el hombre». Todo esto sucede en muy pocos segundos. Después de esta última frase no puedo menos que soltarle, seria y borde: «Los dos son hombres». Me mira como sorprendida por mi reacción y dice: «Bueno, ya lo sé, pero…». Siguen, desordenadamente, diciendo cosas como: «Pues a mí me da mucho asco ver a dos tíos besándose», «Es que eso es asqueroso», «Ahora se ve cada cosa», mientras yo les voy preguntando «¿Por qué os parece asqueroso? ¿Qué es lo que no os gusta?». Parece extrañarles que no me una al coro de insultos y no responden a mis preguntas, pero empiezan a decir cosas como «Es que vosotros los jóvenes lo veis de otra manera, pero yo, será porque estoy casada…». Y dice otra: «Es que antes esas cosas no se hacían», a lo que le respondo muy seria que toda la vida se ha hecho, solo que antes casi todos se escondían y ahora hay unos pocos que no se esconden. Y responde: «Pues una cosa tan fea más valiera que no se hubiera destapado nunca». Le pregunto que si le gustaría que a ella le dijeran «no salgas de tu casa, que lo que haces está feo y a la gente no le gusta». Les pregunto si no les parece peor que la gente no pueda vivir de la manera que prefiere y ser feliz. Una empieza a decir: «Bueno, si yo no lo veo mal…». Y la otra: «Claro, que hagan lo que quieran…». Pero la otra sigue en sus trece y añade: «Pues yo lo veo muy feo. Y dos mujeres, eso es todavía peor». En este momento se hace un pequeño silencio que aprovecho para decir: «Pues yo soy lesbiana y vivo con mi novia y quiero aprovechar este preciso momento para contároslo». Se quedan calladas un momentito, desvían las miradas —se vuelven un par de cabezas en la mesa de al lado— se les pasa de repente la risa y empiezan a repetir las típicas frases, ahora con gesto amedrentado: «Pues si tú estás contenta…», «Pues yo lo veo mejor dos mujeres que dos hombres», «Pues yo conozco a una que también vive con su novia, pero cuando me lo dijo, me dio mucho asco, no lo puedo remediar, no me lo imaginaba». Como las otras dos insisten en que «a ellas les parece bien», como para consolarme después de haberme insultado, respondo bastante seria y un poco borde que a mí me da igual lo que a ellas les parezca, pero que molesta oír hablar así de las personas solo por eso. Al final cambiamos de tema, se les van bajando los colores, se anima otra vez la conversación, acabamos el café y vamos a clase.

Sé que ya no me van mirar igual en el vestuario. Sé que la próxima clase ya lo sabrán todas las compañeras y demás gente de la escuela (cosa que me la trae floja, porque yo no lo escondo). Después he coincidido con una de ellas después de clase, en el autobús y, tal vez para que no se creara un silencio incómodo —que por mi parte no iba a crearse porque yo hablo por los codos— no ha parado de parlotear como una cotorra en todo el camino. Casi no me dejaba meter baza. Me ha contado mil cosas, incluso de gente que yo no conozco de nada, con todo detalle, pero lo más curioso es que no me miraba nunca a la cara. Al final se ha atrevido y me ha mirado un par de veces a los ojos, pero han sido miradas fugaces y medio avergonzadas.

Podría decir que me da lo mismo lo que piense la gente, que son ellas las que tienen que avergonzarse de su comportamiento, que yo no tengo nada que esconder ni de que avergonzarme y que aquí no ha pasado nada. Pero joder, sí ha pasado. No me da lo mismo lo que piense la gente. Me jode, me duele, me irrita, me deprime. Me jode, me duele, me irrita y me deprime ser objeto de chistes, ser motivo de censura, ser algo que se rechaza de entrada. Algo que no se toma en serio, algo que, en el mejor de los casos, «se tolera» o «se ve bien». La situación que os he descrito es humillante. Y eso que yo ya estoy bastante curtida y me encuentro personalmente en uno de los mejores momentos de mi vida. Vamos, que puedo con eso y con más. Pero no todas las personas están tan curtidas y son tan fuertes. ¿Qué habría hecho otra más insegura en mi lugar? Callarse, intentar disimular cómo se te acelera el corazón, cómo te hierve la sangre, cómo te duelen las entrañas. Puede que hasta fingir y ponerse a insultar a los homosexuales para no dar lugar a sospechas.

Para que luego digan que los homosexuales de este país «no nos podemos quejar» y ya «lo tenemos todo». ¡Y UNA PUTA MIEERRRDA!

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